La vida se nos presenta como un entretejido de sueños y retos. Sueños por descubrir y cumplir; y retos que nos confrontan y fortalecerán. Entre ellos existe uno, lleno de dulzura y de acciones loables: la maternidad. Vivir esta etapa es una elección que fusiona sueños, retos y la mirada eterna intentando entender otros ojos, sin siquiera detenerse un minuto. El sueño de dar vida y el reto de conducirla hacia los mejores pasos está presente todos los días. Es una vida dentro de otra que no sólo existe desde el vientre, sino hasta el fin del camino.
Este lazo inquebrantable, que permanece aún posterior a la ausencia de una madre, se forja día con día y está construido desde el amor. Elegir la maternidad implica una transformación de fondo de la propia vida, que comenzará a guiar a una persona para hacer siempre lo mejor.

Pero el tema de la maternidad ha dado pie a una especie de escenario romántico, donde pocas mujeres encuentran el espacio para hablar de todo lo que realmente conlleva. Y es que, aunque ser mamá esté lleno de ilusiones y alegrías, lleva también algunos descontentos, dolores y decepciones. Estos últimos eventos pueden sentirse incluso consigo misma, con el trabajo que se hace día con día. Y jamás hay una pausa.
El gran reto de ser madre es un trabajo constante. Las mujeres que toman ese camino, en realidad no han terminado de vivir su camino y deciden compartirlo para guiar otro. Después de risas y grandes momentos, en el silencio más profundo surge la inevitable cuestión acerca de si lo están haciendo bien.

El error está, precisamente, en determinar si su maternidad es correcta. Con los recursos propios, y siempre desde el corazón, las madres deciden en pro de lo mejor para sus hijos. Cuidar de la vulnerabilidad de un ser se siente a veces como mirarse al espejo, a veces como un laberinto. No podemos determinar que un vínculo tan complejo se califique automáticamente. No es hacerlo bien, es hacer lo mejor.
Hoy recuerdo a mi madre y celebro su vida en todos los sentidos. Festejo su compañía y sus consejos. Todos nuestros momentos están bañados por una luz etérea y todo se vuelve dulce ante la memoria. Ahora entiendo muchas de las palabras que me dijo y que en su momento, no entendí del todo. Sé que hizo las cosas tan bien que reconozco tanto de ella en mí, e intento hacer las cosas justo como ella las haría. Atesoro cada momento y sé que, hacia el ocaso de mis días, siempre habré querido tener más espacios a su lado.

Sé también que de ella aprendí a hacer las cosas de la mejor manera posible, a buscar la excelencia y dignificar todo lo que hago. Mi madre, de alguna forma, me enseñó a caminar todos los días.
Reconozcamos a nuestras madres como seres con cientos de victorias conseguidas y algunos sueños pausados, pues quizá nunca se atrevan a decirnos a todo aquello a lo que renunciaron con tal de cuidarnos; con su propia humanidad y entereza como mujeres; antes que nada, personas, con toda su complejidad. Así entenderemos que cada decisión, cada mirada y cada palabra surgen de lo más profundo y lo más puro de su corazón.
Celebremos, como madres por nuestra guía y nuestro trabajo; y como hijas, en agradecimiento a los sacrificios, desvelos, risas y abrazos. A mi madre y a todas nuestras lectoras; a todas las que nos enseñaron a caminar y, sobre todo, a dar los mejores pasos, les deseamos un gran día.

guadalupe galdamez ramirez
hermosas palabras y linda reflexion felicidades
05/12/26
ANA MARIA
HOLA TODO SU CALZADO ES PRECIOSO HERMOSO MUCHAS GRACIAS POR ELABORARLO
F E L I C I D A D E S
05/12/26
Gloria Perzabal
05/12/26