por Mishiko García

Durante el camino, entre las obligaciones y los pormenores del día a día, la automatización de la vida y el tiempo que se diluye a alta velocidad, nos olvidamos de nuestra propia mirada. Pareciera que las mujeres siempre nos dejamos en segundo plano, pero recuerda que el amor propio es parte de vivir con elegancia y que la relación más larga que tendrás en esta vida, es precisamente la que tienes contigo misma.

Se dice fácil, pero es de lo más complicado. Incluso pudiera parecer tan irónico que aquella persona con la que pasamos cada minuto, es la que menos conocemos y a la que más nos cuesta amar. Al mirarnos al espejo, y preguntarnos quiénes somos, no hay respuesta. No nos reconocemos. Y es que, si bien nuestro exterior refleja mucho de lo que ocurre al interior, la verdadera mirada debe tornarse hacia el alma. Es crucial saber quiénes somos, pues es prácticamente imposible amar a quien no se conoce.
A las mujeres, desafortunadamente, nos enseñan una especie de eterna guardia, a cuidar primero a los otros y a esperar por ese gran amor de tu vida. Historias de princesas, de sueños realizados por arte de magia. Pero no. La magia, en realidad, proviene de nuestro interior.
Piensa que, cuando eliges amar, eliges cada día a esa persona. ¿Por qué no habrías de hacerlo contigo misma? Con los cambios que te han acontecido a lo largo de los años, con tus aprendizajes, experiencias y memorias. Con todo aquello que has construido y, también, con lo que deseas realizar.

Aunque muchas otras personas te acompañen, recuerda que eres aquella con la que despiertas día con día, la que conoce verdaderamente las cargas y alegrías que su propio corazón alberga; la que contempla sus secretos en silencio y aguarda abrir la caja que alberga sus verdaderos sueños. Y si en este viaje te sientes perdida, no te preocupes. Hay muchas formas de redescubrirte para volver a conectar con tu amor propio.
Planea una, o varias tardes, de reencuentro contigo misma. Una cita especial. Prueba cosas nuevas a solas, escribe un diario y disfruta la calma. En el silencio de esa paz, piensa en tu camino y aprende a reconocer y a apreciar lo que habita en ti, incluso tus errores. Aunque no lo creas, incluso a los errores se les puede dar otro enfoque. A veces calificamos como una equivocación un hecho concreto, pero no alcanzamos a apreciar que todo lo que vino después, quizá no hace de ese evento un error específico, sino la puerta a otros caminos.
Cuando hables contigo, háblate con amor y paciencia, así como lo haces con tus amigas, tu familia o tu pareja. El discurso con el que nos dirigimos al interior suele ser duro, como juzgándonos permanentemente. No. Recuerda que creemos mucho de lo que escuchamos, así que necesitas un tono cálido que abrace tu interior.
Desde luego, no se descarta que intentemos mejorar y aprender, pero siempre reconociendo nuestros logros porque, como mujeres, tendemos a minimizarlos. Somos una danza de luces y sombras. No creas que cada día es un buen momento para empezar, pues ya has comenzado y terminado tantas cosas que merecen ser reconocidas. Entre los momentos de rutina, encuentra espacios para preguntarte cómo has llegado hasta ahí.
No sólo esta relación es la más larga, sino que es la mejor. El vínculo primordial de tu historia es contigo: el amor de tu vida.